domingo, 23 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 12

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 12

LOCURA TRANSITORIA





Cuando una persona caval observa un hecho que se le antoja fuera de cualquier explicación razonable tiende a rechazarlo en un primer momento. Si el hecho se manifiesta de nuevo, sigue rechazandolo. Y si se vuelve a presentar, se vuelve a negar. Y se niega, y se aparta, y se rechaza hasta que llegas a una conclusión, y es que ese hecho imposible es posible. Eso, o sino entras en un estado de locura e histeria producido principalmente por la imperiosa necesidad de negar este hecho.
Pues bien, lo primero es lo que le pasó a Alex y lo segundo es lo que aconteció a nuestro amigo Adolf.
Alex entró en la habitación y encontró una caja de cerillas. Con ellas encendió una lámpara y se dispuso a investigar la habitación en busca de alguna forma mediante la cual John hubiera podido pasar de una a otra habitación.
Mientras tanto, Adolf entraba en un estado de shock y locura causado por su imperiante necesidad de negar lo que estaba sucediendo.
La mente de Adolf era un hervidero en ese momento. Su raciocinio sólo podía llegar aconclusiones precipitadas y nada precisas.

¿Cómo podía haber pasado eso? ¿Había pasado de verdad? Es ciertamente imposibe que John pasará de una habitación a otra. Sin hablar de su muerte... El suicidio no es uan posibilidad. No, alguien lo tuvo que matar. Y Alex es el único vivo sin contarme a mí. Y yo no he sido. ¿O si he sido? Bueno, si he sido, seré, pero sino soy, no he sido ni seré. ¿Y cómo puedo seguir siendo, y por consiguiente haber sido, si este hombre, que digo hombre, asesino, me mata? No, debo matarlo yo antes de que me mate él.

Adolf se levanta y se dirige hacia Alex.
Alex no se percata de este hecho, pues en este momento había descubierto algo.

- Adolf, ven aquí.

Adolf se sobresaltó un poco pero continuó su avance.
Llegó detrás de Alex.
Acercó sus brazos a s cuello.
Y Alex se giró.

- Mira esto.

Alex le miraba con desconfianza y se alejó de él.
Adolf se acercó a la pared y vio un mensaje escrito en tinta negra.


LA MUERTE NO ES SINO EL PRINCIPIO


Adolf miró sin mirar el mensaje.
Alex vio un instinto asesino en su mirada.
Vio la locura y la demencia retratadas en sus ojos.
Y entonces vió como Adolf se acercaba a él.
Y Alex corrió.
Corrió por toda la casa dirigiéndose hacia la salida. Oía a sus espaldas la carrera desbocada de su compañero.
La oscuridad era densa. Casi parecía una gran masa de alquitrán que lo envolvía por completo. Era pegajosa, opresora, profunda y terrorífica. Apenas se distinguían las siluetas de los objetos a un palmo de distancia.
No sabía donde estaba la salida. La casa era inmensa y él nunca había estado por esa zona.
Corrió y corrió hasta que se dió cuenta de algo. Ya no escuchaba pasos detrás de él. Adolf ya no lo perseguía. 
Entonces giró sobre si mismo y volvió sobre sus pasos. Encontró una lámpara en un mueble y la encendió para iluminarse.
La oscuridad se disipó un tanto y esta luz le permitió ver cosas que se encontraban a más de un metro de él.
Retrocedió.
Volvió sobre sus pasos.
Recorrió andando los pasillos por los que antes había corrido.
Y entonces llegó a un punto donde se había formado un inmenso charco de sangre. Del charco salía un reguero, cómo si hubieran arrastrado al cadáver desde el sitio de la muerte, que se perdía por el pasillo.
Entonces Alex se fijó en la pared.
En ella aparecía escrita con sangre un mensaje.


TÚ ERES EL SEXTO COMENSAL

En ese momento, no invadió el miedo la mente de Alex. Sobre este instinto prevaleció la curiosidad. Él era el único al que no habían asesinado aquella noche. Quería descubrir quién había sido el asesino de sus amigos. Y en ese momento estaba convendido de poder vengarse por la muerte de los mismos.
Siguió el camino de sangre. 
El reguero serpenteaba por los pasillos sin perder intensidad. Debía haber sido una auténtica carnicería la muerte de Adolf para que la sangre que salía de su cuerpo diera para tanto.
Alex llegó a la puerta de madera abollada del comedor.
Respiró fuerte y entró. 
Las luces encendidas.
La mesa puesta.
Y todos sentados a la mesa.
Todo el mundo.
Todos los comensales.
Los 5.
Adolf, abierto por la tripa como un cerdo y sangrando escandalosamente.
John, estrangulado y con la cara violeta.
Jay, casi decapitado con la garganta cercenada.
Richard, con una brecha en la cabeza.
Y el cadáver del camino, el que habían recogido. 
Alex se quedó parado.
No sabía que hacer.
No sabía cúal podía ser el asesino.

Por suerte para él, uno de los comensales se levantó.

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